Por Lic. Sorela Bettin, M.Ed.
Vicepresidenta de DRM Human Rights Defense, Inc.
Caregiver certificada por el Departamento de Asuntos de los Veteranos de los Estados Unidos.
Las heridas invisibles después de los terremotos en Venezuela
Trauma, duelo y resiliencia en medio de la emergencia
Venezuela, julio de 2026. – Los terremotos ocurridos el 24 de junio de 2026 en Venezuela no solo dejaron destrucción material, pérdidas humanas y comunidades enteras afectadas, también abrieron una herida emocional profunda en una población que ya venía enfrentando años de limitaciones sociales, económicas, sanitarias y humanitarias. De acuerdo con el Servicio Geológico de los Estados Unidos, el país fue impactado por una secuencia de dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 en el norte de Venezuela, al oeste de Caracas, con riesgo significativo de deslizamientos de tierra y daños extendidos en zonas vulnerables. (USGS)
La emergencia se produjo en un país donde muchas familias ya vivían bajo presión constante por la falta de servicios básicos, dificultades de acceso a salud, agua potable, electricidad, alimentos, transporte y atención especializada. La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas ha señalado que, al inicio de 2026, aproximadamente 7.9 millones de personas en Venezuela necesitaban apoyo humanitario urgente, en un contexto marcado por servicios públicos debilitados, dificultades económicas y necesidades persistentes en salud, agua, educación y energía. (OCHA)
En ese contexto, el impacto psicológico de un desastre natural puede ser más profundo, las personas no solo enfrentan el miedo inmediato del movimiento sísmico, sino también la incertidumbre de no saber dónde dormir, cómo conseguir medicamentos, cómo comunicarse con sus familiares, cómo proteger a sus hijos o cómo reconstruir sus vidas después de perder su vivienda, su comunidad o a sus seres queridos.
Los efectos postraumáticos después de un terremoto pueden presentarse de muchas formas. Algunas personas experimentan insomnio, pesadillas, sobresaltos constantes, miedo a entrar en sus viviendas, ansiedad ante cualquier ruido fuerte, sensación de culpa por haber sobrevivido, llanto frecuente, irritabilidad, pérdida del apetito o dificultad para concentrarse. En los niños pueden aparecer miedo a separarse de sus padres, problemas para dormir, cambios de conducta, silencio excesivo, llanto repentino, dolores físicos sin causa médica evidente o necesidad constante de protección.
Es importante comprender que muchas de estas reacciones son respuestas humanas normales ante una situación anormal. Sentir miedo después de ver edificios colapsados, perder familiares, dormir en la calle o escuchar réplicas no significa debilidad, significa que el cuerpo y la mente están tratando de procesar una experiencia traumática. Sin embargo, cuando los síntomas se mantienen durante semanas, impiden realizar actividades básicas, generan pensamientos de desesperanza o llevan a la persona a aislarse completamente, es necesario buscar apoyo familiar, comunitario, espiritual o profesional.
La Organización Mundial de la Salud ha señalado que las emergencias aumentan el riesgo de problemas de salud mental y psicosociales, y que la respuesta debe incluir desde apoyo comunitario y primeros auxilios psicológicos hasta atención clínica cuando sea necesaria. (World Health Organization) La Organización Panamericana de la Salud también reconoce que la salud mental y el apoyo psicosocial deben formar parte de la respuesta ante emergencias y desastres, especialmente cuando la población afectada enfrenta sufrimiento intenso, pérdidas humanas, desplazamiento o ruptura de sus redes familiares y comunitarias. (Pan American Health Organization)
En Venezuela, esta recomendación adquiere una importancia especial, no todas las comunidades tendrán acceso inmediato a psicólogos, psiquiatras, centros de salud o servicios especializados; por esa razón, la primera respuesta debe ser humana, sencilla y cercana: escuchar, acompañar, proteger y conectar. La primera ayuda emocional no siempre requiere medicamentos ni diagnósticos muchas veces comienza con sentarse al lado de una persona, permitirle hablar sin presionarla, ayudarle a encontrar agua, comida, refugio, información confiable o contacto con familiares. La ayuda práctica también es ayuda psicológica, porque reduce la sensación de abandono y devuelve a la persona un mínimo de control. En medio de una emergencia, una botella de agua, una llamada telefónica, una manta, un plato de comida, una palabra de consuelo o una orientación clara pueden disminuir el pánico y fortalecer la capacidad de una persona para seguir adelante.
En el caso de los niños y adolescentes la prioridad debe ser restaurar seguridad y rutina. Los adultos deben explicar lo ocurrido con palabras simples, sin mentir, pero sin exponerlos a detalles innecesariamente violentos. El Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos explica que los niños pueden reaccionar al trauma de forma distinta que a los adultos, incluyendo conductas regresivas, miedo intenso, apego excesivo a sus cuidadores o síntomas físicos como dolores de cabeza o estómago. (National Institute of Mental Health)
Los niños necesitan escuchar frases concretas como: “estamos juntos”, “estamos buscando un lugar seguro”, “lo que sientes es normal” y “vamos a cuidarte”. También necesitan espacios donde puedan dibujar, jugar, hablar o descansar. El juego no es una distracción superficial; es una herramienta natural de recuperación emocional.
Las personas mayores, las personas con discapacidad, los enfermos crónicos, las mujeres embarazadas, los niños pequeños y quienes han perdido familiares deben recibir atención prioritaria. En ellos, el trauma emocional puede agravarse por falta de medicamentos, movilidad limitada, dependencia de otros o pérdida de cuidadores. También los rescatistas, voluntarios, médicos, enfermeros, funcionarios, líderes comunitarios y familiares que cuidan a otros pueden sufrir agotamiento emocional, trauma secundario y fatiga por compasión.
Frente a las limitaciones actuales de Venezuela, las recomendaciones deben ser realistas. No todas las familias podrán acceder rápidamente a terapia formal, refugios adecuados o servicios médicos especializados. Por eso, la organización comunitaria puede salvar vidas y proteger la salud mental. Cada comunidad debe identificar personas vulnerables, crear grupos de apoyo vecinal, compartir información verificada, establecer puntos seguros de reunión y organizar turnos de acompañamiento para niños, adultos mayores y personas solas.
También es fundamental reducir la exposición constante a imágenes traumáticas. Ver repetidamente videos de edificios colapsados, cuerpos, gritos o escenas de dolor puede intensificar la ansiedad, especialmente en niños. La población debe informarse, pero no permanecer todo el día consumiendo contenido doloroso. La información debe venir de fuentes confiables y utilizarse para tomar decisiones de seguridad, no para aumentar el miedo.
Otra recomendación esencial es restablecer rutinas mínimas. En medio de la emergencia, pequeñas acciones como dormir a la misma hora cuando sea posible, comer en horarios aproximados, mantener higiene básica, rezar, conversar en familia, caminar con seguridad o asignar tareas sencillas a cada miembro del hogar ayudan a recuperar estabilidad emocional. La rutina no elimina el dolor, pero le recuerda al cuerpo que todavía existe un orden posible.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades recomiendan prestar atención a cómo se sienten y actúan los miembros de la familia después de un desastre, cuidar la salud emocional y buscar apoyo cuando las reacciones se vuelven intensas o persistentes. (CDC) Esta recomendación es especialmente importante en comunidades donde muchas personas podrían intentar “ser fuertes” y ocultar su sufrimiento por vergüenza, miedo o falta de acceso a servicios.
La población debe estar atenta a señales de alarma: personas que hablan de no querer vivir, que se despiden, que se aíslan por completo, que dejan de comer o beber, que presentan ataques de pánico frecuentes, confusión severa, violencia, abuso de alcohol o drogas, o incapacidad total para cuidar de sí mismas o de sus hijos. En esos casos, se debe buscar ayuda inmediata con familiares, líderes comunitarios, personal de salud, ONG, iglesias, organizaciones humanitarias o autoridades disponibles.
La recuperación emocional de población Venezuelana no será inmediata, los terremoto son medibles en tiempo y dimension , pero sus consecuencias psicológicas pueden permanecer durante meses o años si no se atienden. La experiencia internacional demuestra que las comunidades pueden recuperarse cuando reciben apoyo, información, seguridad, acompañamiento y oportunidades para reconstruir su vida. La OMS destaca que el apoyo oportuno en salud mental y apoyo psicosocial puede reducir riesgos y promover recuperación y resiliencia en todas las fases de una emergencia. (WHO Kobe Centre)
Venezuela necesita ayuda material, pero también necesita consuelo, organización y Esperanza. Necesita médicos, alimentos, agua y refugios, pero también necesita escuchar a sus niños, acompañar a sus ancianos, proteger a sus cuidadores y reconocer el dolor invisible de quienes sobrevivieron. La reconstrucción no comienza únicamente con cemento y maquinaria; también comienza cuando una persona afectada siente que no está sola.
En estos momentos, la solidaridad debe ser más fuerte que el miedo. Cada familia que acompaña a otra, cada vecino que comparte agua, cada maestro que calma a un niño, cada cuidador que escucha sin juzgar y cada voluntario que organiza ayuda está participando en la reconstrucción emocional del país. Después de los terremotos, Venezuela enfrenta no solo el reto de levantar sus estructuras, sino también el deber humano de sanar sus heridas internas con dignidad, compasión y unión comunitaria.
Recomendaciones principales para la población afectada:
Buscar un lugar físico seguro antes de intentar procesar emocionalmente lo ocurrido. La seguridad básica es el primer paso para reducir el trauma.
Hablar con alguien de confianza sobre lo vivido, sin obligación de contar detalles dolorosos si la persona no está preparada.
Mantener a los niños cerca de adultos responsables, explicarles lo ocurrido con palabras simples y limitar su exposición a imágenes traumáticas.
Organizar redes comunitarias para identificar personas solas, adultos mayores, personas con discapacidad, embarazadas y niños en situación de riesgo.
Evitar rumores y compartir solo información verificada sobre ayuda, réplicas, refugios, agua, alimentos y servicios médicos.
Restablecer rutinas mínimas de sueño, alimentación, higiene, oración, conversación familiar y tareas diarias.
Permitir el duelo. Llorar, sentir tristeza o hablar de los seres queridos fallecidos forma parte del proceso de sanación.
Buscar ayuda inmediata si alguien expresa deseos de morir, presenta desorientación severa, ataques de pánico constantes, violencia o incapacidad para cuidar de sí mismo.
Cuidar también a los cuidadores, voluntarios, médicos, rescatistas y familiares que están sosteniendo emocionalmente a otros.
Recordar que pedir ayuda no es debilidad. Es una respuesta responsable ante una experiencia profundamente traumática.
Mensaje final
La tragedia del 24 de junio de 2026 quedará marcada en la memoria nacional. Pero la forma en que Venezuela acompañe a sus sobrevivientes determinará no solo la recuperación física del país, sino también su recuperación emocional. En tiempos de dolor, cuidar la salud mental es también proteger la vida, la familia y la Esperanza en “NUESTRA AMADA VENEZUELA”











